
UNO
Soy una mujer árabe de tez aceitunada y grandes rasgos la que os habla. Soy una mujer enamorada la que habla y dice:
DOS
La imagen arranca mucho antes de que el hombre blanco me abordara en la puerta del instituto español de Tánger. Desde el primer instante supe algo así: me desea. Ha viajado hasta aquí porque me desea. Viene del otro lado del mar porque me desea. Algunas chicas percibían su presencia pero no fueron capaces de dar un paso a su encuentro. No es la primera vez que viene. Lo observo: su cuerpo es delgado, sin músculos, parece estar convaleciente, diría casi enfermo, es imberbe, elegante, espigado, sin otra virilidad que la de su sexo. Esto lo sabré luego. Es un hombre porque tiene sexo de hombre: pensé.
TRES
Hay gente en el mundo que se muere de hambre y yo no hago otra cosa que preocuparme por estar cerca de él. Mientras mi madre limpia el consulado español escucho las preocupaciones y los dolores de todos sus empleados. Un continuo trasiego de sueños, frustraciones, miserias, chistes, problemas, infidelidades, rencores, odios, envidias, culpas, ausencia de amor, que si no sé qué hacer hoy de comer, que qué caras están las frutas del mercado... y veo los rostros de la gente que tiene amor, que tiene odio, que tiene algo que no se sabe lo que es, ves el rostro de los que sienten un sufrimiento intolerable, de los que siempre quieren llevar la razón, de la que se ha comprado un traje de baño nuevo, la que espera al novio con impaciencia, la que está enganchada al pegamento, de las que venden su cuerpo... y así un día y otro y otro y otro, hasta que me canso y pienso en la gente que se muere de hambre y entonces, en ese momento, quiero salir. Decido salir. Y lo hago pensando en la gente que se muere de hambre pero no se me ocurre otra cosa que quedarme ahí, parada, mirando a mi madre con los guantes de látex que usa cada día para limpiar lo que los demás ensucian mientras sigo pensando en la debilidad del sexo del desconocido español.
CUATRO
Quería que fuese él. Había llegado el momento. Mis amigas hablaban de lo que sentían. Mis amigas las españolas. Tenía que ser él. Cursi, que eres una cursi, me decían.
CINCO
No tiene nada que ver con la cursilería. Tiene que ver con una mancha oscura, con mi tristeza, con una tristeza que ya estaba antes de conocerle, con la imposibilidad de mi madre para sonreír, con la perversidad, con el firme deseo de no querer estar en un sitio, con la firme certeza de poder utilizar el deseo del otro para acortar la distancia que separa África de Europa, mi vida del sueño: catorce kilómetros.
SEIS
Mi madre trabaja en el consulado español de Tánger. De esto hace algún tiempo ya. Mi madre limpia el edificio. Mi madre siente una vergüenza de principio por tener que vivir la vida. Su vida. Lo único que recuerdo es el mármol blanco del suelo y a mi madre en cuclillas. Fregando. Mi madre no conoce muchas cosas. Una de ellas: el placer. Esa mañana: niebla. Lo sé porque desde el consulado se podía ver España y ese día España se había borrado. Fatiga. Mi madre en cuclillas. Yo, frente a ella, mirándola, sin decir nada, y un reguero de sangre desde mi interior desde mi slip empapado hasta el mármol blanco del suelo. Nunca en mi vida vi a mi madre fregar tanto. Mi madre se deja las muñecas para que brille el suelo que pisan los españoles. Alguien me dice: ya eres una mujer, ahora tienes que cuidarte de los hombres. Yo seguía mirando a mi madre que fregaba sin levantar la vista del suelo. Ve a que te limpie tu abuela, me dice. Y aquí arranca la imagen: mi madre fregando las manchas de sangre del mármol blanco del consulado español.
SIETE
Mientras mi abuela me limpia, sé que lo haré. Esta niña es muy viva, me dice. Mi abuela: una señora muy arrugada con manos de trabajar en el campo que siempre le pide al cielo por mi vida mientras me coge dos trenzas justo en el centro de mi cogote. Esta niña es muy viva, decía siempre. La niña iba a hacerlo y, aún hoy, después de los veinte años que envejecí en un sólo día, el día que lo hice, aún hoy: a punto de morir, rodeada de gente a punto de desaparecer, siento que hubiera hecho falta un dique para que el torrente de mi sangre no se desbordase y no entrara en el coche del hombre blanco que ese día, todavía ese día, el día que sangré sobre el mármol del consulado español, seguía esperándome.
OCHO
Y lo hice.
NUEVE
Y murió mi abuela. Justo esa tarde, quizá en el momento en el que el hombre blanco y yo más cerca estuvimos, justo en el momento en el que el hombre blanco consuela mi cuerpo después de abandonarlo, mezclado con la sangre, sin temor, disfrutando de la herida sangrante que él mismo ha provocado, justo en ese momento, en el que lloro de consuelo, en familia nunca lloro, justo en ese momento, mi abuela, mi abuela va y se muere, se acabó el robar nolotiles, espidifenes y termagiles en el consulado para su dolor de espalda, se acabó porque ella va y se muere.
DIEZ
Lo siguiente que hice fue cortar mis trenzas. El hombre blanco, echado en la cama de la habitación encalada, me mira, todavía está excitado, me llama, voy, acaricia mi cabeza cortisqueada, llena de pelos pegados al sudor de mi cara y del cuello, me veo desde fuera, tranquila siendo acariciada por el hombre blanco, mira, me dice, y mete sus dedos dentro, primero el corazón, luego el corazón y el índice, añade el anular, el meñique y el pulgar. Primero hay dolor y después ese dolor se asimila, se transforma y es lentamente arrancado hasta hacerme gozar. Me gustas sin trenzas, me dice. Mi abuela ha muerto porque se ha quedado sin ibuprofeno, le digo. El ríe. Sé justamente todo lo que tengo que hacer para que él disfrute.
ONCE
Ya hicimos el pacto. El me quiere. Tiene mucho dinero. Nos va a ayudar. Sé que no me miente. Teme que luego le deje. Me quiere para el resto de su vida. Está enfermo. Está sólo. Sé que no me miente. Ha venido por eso. Ha venido a buscar una jovencita para amar los restos de los pocos días que le quedan. Lo sé. Por eso tiene miedo. Por eso tiembla cuando yo le miro sin pudor. Por eso me dice que sólo quiere hacerlo sin ninguna barrera, sin ningún muro, sin nada que ayude, sin nada que suavice, sin nada que prevenga, quiere hacerlo sin nada que le proteja porque ya no sabe amar sin miedo, en realidad, porque ya tenía miedo antes de acostarse con esa niña tan viva de Tánger, porque es ese miedo, precisamente, el que le hace amar, cruzar catorce kilómetros de mar y buscar una chica que necesite de él para hacer el viaje inverso: catorce kilómetros de huida a cambio de cederle su miedo y una noche sin protección.
DOCE
Quiere hacerlo sin preservativo. Y yo voy y lo hago. Lo hago por mi madre.
TRECE
No podría decir qué fue exactamente lo que hizo que la niña sin abuela y sin trenzas aceptara. Quizá razones que nadie entienda. Quizá la persistencia de la imagen de la sangre en el mármol. El caso es que la niña lo hizo.
CATORCE
Le digo: te voy a hacer pasar la noche de amor más hermosa del mundo. Y se corrió en mi boca. ¿Por qué lo has hecho?. Pensé que querías, me responde. Después de hacerlo: el sabor agrio en el velo del paladar. Después de hacerlo supe tres cosas: una, que mi abuela había muerto, dos, que mi madre dejaría de limpiar y comeríamos en un restaurante caro, y tres, que a mi tristeza habría que sumarle ahora la suya, la del hombre blanco que viajó catorce kilómetros de mar en busca de una joven viva donde depositar el fruto de la sinrazón de algunos, del castigo del goce ilimitado de otros, de la vergüenza ante la libertad del cuerpo que se impone, según unos; de un exceso de comunicación, según otros; del velo que la sociedad ha ido tejiendo para ocultar fallos de la cabeza y del corazón, según tú, y fruto del deseo de una vida mejor, de la ignorancia, y del firme propósito de salir de un lugar donde no debí nacer, según la niña tan viva que terminó subiendo al coche del hombre blanco.
QUINCE
Hay un sentimiento de acero envuelto en un delgado hilo que va de la cabeza al corazón y del corazón al sexo. Pero no era eso lo que yo sentía. Lo que yo sentía era necesidad. Y la necesidad no tiene nada que ver con el corazón. Al menos así me lo enseñaron. Al menos eso decía mi madre.
DIECISÉIS
Ahora tengo treinta y cinco años y sida desde los quince. Tengo sida desde el día que mi madre, el hombre blanco, y yo, comimos en el mejor restaurante de Tánger. En silencio. Sólo mi madre abría la boca para preguntar cuánto vale esto y cuánto aquello. Tengo sida desde el día que mi madre me desnudó para golpearme con todas sus fuerzas mientras aullaba diciendo que una perra valía más que su hija deshonrada. Tengo sida desde el día que tres niños desnudos y llenos de moscas me apedrearon diciendo: puta. Tengo sida desde el día que supe que no tenía nada que perder ni nada que ganar. Tengo sida porque tenía motivos. Tengo sida por desear. Tengo sida por bailar sobre cristal. Tengo sida desde que subí al coche del hombre blanco. Tengo sida desde que me vendí para salir. Tengo sida desde que conseguí acortar la distancia de mi sueño. Mi sida mide catorce kilómetros. Tengo sida desde antes de tener sida. Tengo sida.
DIECISIETE
En el ferry, vestida con la ropa que me había dejado el hombre blanco, apoyada en la barandilla de la parte trasera del barco, crucé los catorce kilómetros que separan África de Europa: mi vida del sueño. El viento me comía parte de la cara. La cara ya había envejecido los veinte años que me separan de la niña. La niña ya tenía sida. El sida, sin ella saberlo, la obligó a cerrar los ojos y pensar:
DIECIOCHO
El hombre blanco había decidido amarme. Me había elegido: una noche de amor a cambio de comenzar a perder mi vida. Una noche de amor a cambio de los catorce kilómetros y una cena en un restaurante caro. Una noche de amor a cambio de vivir en España con un hombre blanco. Occidental. Europeo. Enfermo. Solo. Una noche de amor a cambio de una casa. Una noche de amor a cambio de un cuerpo donde depositar su miedo. Al poco tiempo el hombre blanco murió. Nunca más supe de mi madre. Una noche de amor.