Una de las costumbres más extendidas entre los directores de escena es la de alargar el final del espectáculo mucho más allá de la frontera preestablecida por la última línea del texto. Forma parte del Complejo de Dios que, según dicen, es muy común entre los cirujanos, pero que nosotros sabemos que abunda entre los artistas. ¿Cómo podría ser de otra manera en una profesión que crea y destruye mundos diariamente y sin apenas darse cuenta de ello? El dios de la acción concede un instante más de vida a las criaturas del dios de la palabra. No por compasión: es una demostración de superioridad en el poder. Pero las criaturas experimentan ese instante como el más preciado de su efímera existencia. Todos los actores saben que, justo antes del final, se siente un calor especial en el pecho. Quizá, como los hombres que van a morir, descubren entonces que no han hecho todo lo que deberían con su papel y se sobrecogen.
A veces estos finales extendidos proponen reflexiones inteligentes. Bergman, en su Rey Lear , añadía, tras los últimos versos de Edgar ( nosotros, que somos jóvenes, no veremos tantas cosas ni viviremos tantos años ) un inicio de pelea entre este personaje, Kent, y Albany que desmentía el intento final de pacificación expuesto en la última escena pero que estaba, paradójicamente, en concordancia con el espíritu cruel e implacable de la obra. Por otra parte, si ya estaba implícito en el texto, ¿era necesario subrayarlo de ese modo? ¿No significaría eso que el resto de la puesta en escena, es decir, todo lo anterior , habría sido negligente en transmitir el latido de la pieza? Esto se hace estrepitosamente obvio en el final de la película El método , donde el director se siente obligado a incluir un espectacular plano con grúa que, al mostrar un Madrid asolado por la violencia, recalca la tesis de la obra cuando ya la habíamos comprendido antes sobradamente.
En la mayoría de los casos, los finales alargados se constituyen tan sólo en celebración de la vanidad: el director firmando detrás del dramaturgo o guionista para que sea su nombre y no otro el que recuerden los espectadores.
Aunque, seamos justos: también a veces los propios escritores se encaprichan tanto de sus criaturas que se ven incapaces de poner el punto y final. Entonces los personajes continúan habitando el escenario pese a que ya hace rato que están muertos. Son zombies que emiten palabras y no las entienden. Hamlet termina con la sentencia agónica del príncipe: el resto es silencio . ¿Qué se puede añadir a esto? Y sin embargo Shakespeare se empeña en hacer aparecer a Fortinbrás, por quien ninguno de nosotros, lectores y espectadores, sentimos interés ni estima, para que nos sermonee sobre el poder y la gloria justo cuando sólo deseábamos paz y circunspección.
Confieso que mi pasión declarada por el cine de Serie B está, en gran medida, relacionada con su laconismo a la hora de narrar y su implacabilidad en la construcción de los finales. Laconismo en su significado estricto: pese a que hoy hacemos de esta palabra sinónimo de parquedad o incluso de insuficiencia en la expresión, lo cierto es que viene de la oratoria, en la que los espartanos, habitantes del territorio entonces conocido como Laconia o Lacedemonia, eran maestros temidos hasta por los atenienses. Su particularidad estaba en la precisión como oradores: decían más y mejor que sus rivales con menos palabras. La Serie B es, en este sentido, lacónica. Sus finales descolocan por la brusquedad. El último instante de Cat woman , con la protagonista muerta en medio de la calle y su marido y la amiga de éste alejándose sin perder tiempo siquiera en examinar el cadáver es brutal. Todo está ya dicho: urge acabar.
Saber acabar: he ahí la prueba más difícil de todas, en el teatro, en la vida. Qué tristeza, e incluso qué desprecio provocan en nosotros esos políticos que, tras perder sus cargos, persisten en imponernos su presencia. Esos conocidos que pretenden instalarse en nuestra privacidad cuando ya les hemos demostrado que no les queremos en ella. Esos libros que nunca acaban; esas películas que acaban seis veces antes de terminar; esos cómicos que acentúan sus chistes, esos tertulianos que siempre guardan una réplica más ingeniosa que la anterior. Hablando de la retirada de Shakespeare de la vida profesional, que tantas teorías imbéciles ha levantado, Borges declara:
Shakespeare, señor de todas las palabras, que llega a la convicción de que la literatura es deleznable, y ni siquiera busca palabras para expresar esa convicción; esto es casi sobrehumano.
Y, sin embargo, a ninguna otra cosa deberíamos aspirar.
Ignacio García May, junio 2006
Borges A/Z . Pp 247 Ed. Siruela, Madrid 1988